El líder eterno

Como tantas veces en su vida, Diego llegó a Gimnasia para sanar. Un club enteró se aferró a él. Hoy lo llora, como el mundo, pero tendrá un recuerdo imborrable. Carta abierta al Diez.

Temprano en la temporada 2019/2020, Gimnasia se quedaba sin técnico. Indio Ortíz no había ganado tras cuatro juegos y, ante la amenaza del descenso, se decidió cambiar rápido el rumbo. No había un firme candidato, de peso, para agarrar el equipo. Hasta que, a alguien se le ocurrió pensar en el más grande de todos los tiempos. Desde allí, semana del 2 de septiembre, todo fue revolución. De alegría. Y no se olvidará jamás.

El 3 de septiembre aclaraste que no habías recibido ningún llamado, ante rumores. Al día siguiente, ya estabas conmovido porque «lo de la gente de Gimnasia es muy lindo. Los llevo en el corazón«. Porque eras así: de cero a cien en segundos. Nunca tibio. «Gris no voy a ser en mi vida«. Blanco o negro. El 5, ya te calzaste la camiseta tripera. «La yunta de enfrente«. De ahí en más, ya no hubo quien te saque de cada cabeza Mens Sana. Ya había gente haciendo fila para asociarse, para ponerse al día, para comprar la camiseta. La camiseta del equipo que iba a dirigir Maradona. Sí, un sueño hecho realidad.

Porque en 1994 y 1995 pasate por Mandiyú y Racing, en un contexto complicado por el que no vamos a juzgarte. No, no. Después, pero en 2008, la Selección Argentina. Estabas pleno para convivir con tu novia eterna. Pero las cosas no salieron como lo pensado. Luego Emiratos Árabes, con muchas pausas en el medio. Sinaloa, después. Nos pusiste a ver el ascenso Mexicano, Pelu. ¿Te acordas? Lo haríamos una y mil veces más. Todo eso hasta que, emocionado, pudiste volver a tu país. Ese que tenía y tiene una deuda pendiente con vos. Ese que nunca va a terminar de agradecerte por lo que hiciste por nosotros.

Ya como técnico del Lobo y con tu CT conformado, te emocionaste en la tarde del 8 de septiembre. En el Bosque. En tu casa. ¿Quién no lloró ese día? El más grande, en el templo. Entraste. Saludaste. Lloraste. Recordaste a la interminable Doña Tota. Se lo dedicaste. Y te estremeciste al darte cuenta que por fin habías vuelto a tu tierra. Esa que muchas veces te dio la espalda, que te juzgó, que no te dio una segunda oportunidad. Esa que sí te dio Gimnasia. Esa a la que te aferraste como si hubieses nacido en una cuna albiazul, en La Plata. Creíste en nosotros. Y nosotros creímos en vos.

«Hoy a esta gente le falta para comer pero vinieron a verlos a ustedes y a mí«, les dijiste a los jugadores, esa primera vez, en el césped de 60 y 118. Porque siempre pensabas en los que menos tenían, aunque vos tuvieses poco y nada. Pediste unión y deleitaste a 30 mil personas con algunos toquecitos de zurda en el entrenamiento presentación. Luego diste la conferencia de prensa en el hotel. ¿Te acordas? «Va-mos Gimnasia laputaquelopario«. Lloramos todos. Era real. El más grande de todos los tiempos, nos había elegido y ya estaba entre nosotros.

Prensa, fotos y notas por todos lados, la gente enferma por vos. Primer partido con Racing. Banderas, telones, mangas. A todo trapo. Al arquero se le escapó una pelota, perdimos 1-2 y te enojaste como un niño. Y dejaste atónitos a los que te subestimaban -siempre existieron esos giles- con un análisis de partido impecable. Después Talleres. Un homenaje impresionante en el Kempes. Pero nos robaron, hermano. «Mastrángelo nació malo, es malo y se va a morir malo«, sentenciaste en Modo Diez. Se vino River, Mendoza (tu primer triunfazo), Newell’s. En Rosario, como se esperaba, fue escalofriante.

Pero «no quiero más homenajes, quiero puntos«. Fue goleada. Después el Clásico. Antes, durante y después, fuiste a todo o nada, porque tibio nunca. A varios se les escapó la tortuga ese día.. pero ya está. Lo mejor fue la camiseta que te dedicamos. Siguieron los homenajes: Mar del Plata, Banfield. Todos conmovedores. Para cerrar el año, tu primera victoria en el Bosque. «Rompimos la mala racha» dijiste muy emocionado, entre lágrimas. Te preguntaron cómo estabas en el club, porque venían elecciones. Y ahí, nos subimos a una moto… Pero te seguimos, como siempre.

«Voy a trabajar en la pretemporada, Gimnasia tiene que pensar en grande«, dijiste. Parecía que la rosca política, y la lealtad muchas veces ciega pero de principios con la que siempre actuaste, alejaba nuestros caminos. Pedimos por vos, te fuimos a buscar, volviste. Cerramos el año felices, y esperanzados. Vos, festejando las fiestas con nuestros colores. Porque siempre tenías puesta tu camiseta, el short, la campera, la gorra o lo que sea, de Gimnasia. Desde que pusiste un pie entre nosotros, fuiste uno más. Como a vos te gustaba, ser uno más. Pero uno inigualable.

Armaste un plantel para pelear fuerte, y salir del descenso. Arrancamos bien el año, perdimos poco, pero tuvimos algunos golpes. Vos, igual creías. ¿Y cuando fuimos a La Boca? «Que les quede claro, soy de Boca pero mi corazoncito, es del tripero. Soy el entrenador de Gimnasia» dijiste el partido anterior a ese. Ahí nos morimos todos, Diegol. ¿Y lo que fue ese día La Bombonera? Que increíble, hermano. Vos solo provocas cosas así. Vino la Copa Argentina. Ganamos, y la besaste. ¿Qué me vienen con que da mala suerte eso? Si a vos te sobran huevos. Después el fútbol se paró, por esta maldita pandemia. No estábamos fuera de la zona de descenso. Pero si todo seguía, vos y todos creíamos que nos salvabas. ¿Cómo no íbamos a zafar con D10S de nuestro lado?

Lo que vino después, hoy prefiero no recordarlo. Prefiero quedarme con las cosas lindas. Me gusta pensar que, aunque te fuimos a buscar, nos elegiste. El más grande de la historia elegió al Lobo. Y éste le permitió pagar un poco de esa deuda que antes te dije: los homenajes hacia vos, fueron impagables, Diego. Tenerte con nosotros, aún más. Y que hayas dado todo, que te la hayas jugado por nosotros, aún más y más. Llegaste a un club que, con defectos y virtudes, estaba -otra vez- futbolísticamente destrozado. Necesitábamos creer. Algo fuerte, muy fuerte de lo que aferrarnos. Para confiar. Para aguantar cualquier temporal. Y te encontramos a vos: el mejor refugio de todos.

Un refugio como vos, donde el amor es puro y sincero. Donde se da todo sin pedir nada a cambio. Donde el que menos tiene es la prioridad. Donde la generosidad lo es todo. Donde si hay que jugarsela, las dudas quedan atrás. Donde el miedo no existe. Donde la unión es esencial. Donde la razón muchas veces no entiende de razones. Donde el corazón manda. Todo eso, eras, fuiste y serás, siempre vos Pelusa. Gimnasia te dio la oportunidad de volver, vos lo elegiste y fuimos felices todos. Imaginate si esta desgracia, que no quiero ni recordar, pasaba en otro sitio. Gracias a D10S, dentro de lo malo, que no fue así.

Te mimaron en cualquier cancha que fuiste. Te dieron millones de abrazos, tronos y regalos. Pero, por un ratito, fuiste nuestro. Y nosotros, tuyo. Nos quisiste de verdad, hermano. Eso es impagable. A vos y a nosotros nos habían dado la espalda. Pero tu manó nos salvó. Y no hablo del descenso, eh. Hoy, lo deportivo importa centavos. ¿Sabes qué importa, Diego? Sentirse bien, ser feliz. Y vos llegaste cuando la alegría aparecía a cuenta gotas, cuando la felicidad era cosa a mendigar. Te entregaste como nunca -o como siempre- y eso tiene un valor incalculable y único para nosotros.

Diego querido: con y por vos vale todo la pena. Pero lo acontecido este año, en La Plata, hizo sentir vivo a todo un pueblo. Le hizo creer que se podía. Le hizo volver a aferrarse a un ícono popular indescriptible, único e irrepetible como vos lo sos, para sentirse bien al menos un rato. El día que pusiste un pie en el Zerillo, comenzó un nuevo amor sin condiciones. La estábamos pasando muy mal, y como si lo hubieses notado, viniste a entregarnos todo. No te pedimos nada, y nos lo diste todo. Y, al momento de sucedido lo que ya no queremos recordar, te fuiste con nuestro escudo en el pecho. Diego: pareciste un tripero de cuna.

Hoy todo es tristeza, pero creeme, Pelusa: fuimos felices. Nos hiciste muy felices. Parecíamos hechos el uno para el otro. Gimnasia y Maradona. Un combo popular como pocas veces antes se vio. Dieguito, hoy te llora el mundo. Nosotros también, claro. Pero cuando todo esto pase, y con el tiempo cicatrice, no quedará orgullo más grande que haberte visto volver al país con la franja azul cruzando el pecho. No quedará alegría más grande que haberte dado la mano que vos, en silencio, pedías a gritos. Cada frase, cada momento, cada imagen tuya con nuestra camiseta, tomará un valor que es imposible de pagar. Un espacio imposible de llenar.

Vamos a seguir, obvio. Pero ya nada será igual. Empieza nuestro «Después de Cristo». Vos nos pediste que no le tengamos miedo a nada. Y aunque lo que nos hacía sentir eso, eras justamente vos, lo vamos a intentar. Esperamos que desde allá arriba, donde quiera que estés, nos sigas arrancando una sonrisa. En el cielo del Bosque, vas a vivir para siempre. Vos ya no estás. Vos te fuiste. Pero desde ahora, encontramos una nueva razón para seguir adelante. Para seguir al Comandante. Porque a partir de ahora, esta Manada tiene un nuevo líder. Un líder eterno. Diego: un beso al cielo. Gracias por todo, Maestro.